1 de junio

Hoy he leído una tribuna de opinión elogiando el papel jugado por el ministro Illa y el doctor Simón, fundamentalmente por su saber estar, su aguante y serenidad ante tanta crítica y el optimismo desplegado durante toda la pandemia. Esto me ha hecho reflexionar, porque la verdad es que, al menos Simón, me cae simpático, vaya usted a saber por qué. E Illa no me provoca tampoco ningún rechazo, más al contrario, será por verle casi todos los días en la tele que ya parece uno de la familia. Pero lo cierto es que nada de esto viene al caso a la hora de valorar el trabajo de ambos, y no soy precisamente de los que ha escatimado palabras para criticar la gestión de la crisis. Y llegados a este punto, tampoco veo por qué tendría que cortarme. Vivimos en una democracia que garantiza nuestra, esta sí, sacrosanta libertad de opinión y expresión, así que podemos utilizar cuánto queramos. Mientras gocemos de esta libertad, que espero sea hasta los restos, no solo es un derecho ejercerla, sino muy saludable hacerlo.

Pero volviendo al tema, que me pierdo. El opinador del citado artículo, no solo reconoce la labor de ambos protagonistas de esta historia, sino que critica a los que se afanan por ponerlos a parir, es decir, a gente como el aquí presente.  Y digo yo, sí, han hecho su trabajo y nos han mostrado un estoicismo digno de alabanza, pero la crítica no sobra. Primero, porque su trabajo no es una muestra de heroísmo, sino su obligación. No estaban ahí por casualidad, era el papel que les correspondía por el cargo que en su día asumieron. Obviamente, cuando asumes un cargo de responsabilidad no piensas en las peores situaciones que se te pueden venir encima, lo que no te exime de asumirlas, llegado el caso. Un militar o un policía, por ejemplo, no entran en sus respectivos cuerpos pensando en el día que se pueden ver cara a cara frente a un tipo armado que les quiera matar, pero esa posibilidad, por remota que pueda ser, existe y deben asumirla. No les aplaudimos por ello. ¿Por qué un ministro, o cualquier otro alto cargo de la Administración, tienen que ser más que ellos?

Su valía en el trabajo, por tanto, no está en hacerlo. No puede estarlo. Está muy bien reconocer la labor de alguien cuando hace méritos en el cumplimiento de su labor, o porque va más allá del deber, como se dice en el ámbito castrense, ¿pero por hacerlo? Ni siquiera sería meritorio por hacerlo bien, ya que es lo que se espera de cualquiera de nosotros. Aun con todo, y como vivimos en una país gozoso de su libertad de expresión, me parece estupendo que se quiera aplaudir a quien cumple con su trabajo. Pero eso no quita tampoco que se le puede criticar. Es más, se podría hacer ambas cosas, según las circunstancias. Ni todo será bueno, ni todo será malo. En este caso, para muchos las críticas son injustas, porque se afirma que todo se ha hecho con profesionalidad y rigor, siguiendo los mismos criterios que todo el mundo y bajo los parámetros de la ciencia. Que los que critican son los listos que lo saben todo a posterior, que todo el mundo sabe de todo, etc.

Pues no, la crítica es legítima, especialmente cuando no se hace en función de los razonamientos técnicos y fundamentos científicos que hayan empleado en su toma de decisiones, que eso queda para el debate entre profesionales de la salud. Hablo de críticas serias claro, no de las insufladas por la crítica política. Personas que como en mi caso no nos metemos en la idoneidad sobre un tratamiento médico concreto, por ejemplo, pero sí en las motivaciones para variar a un protocolo que asigna un tratamiento determinado, no precisamente por idoneidad o la evidencia científica, sino por la disponibilidad del mismo. Esto es algo que ha sido muy criticado por los profesionales sanitarios a lo ancho y largo del país. Similar a lo que ha pasado con el uso de algunos elementos de protección, como las mascarillas, cuyos protocolos de utilización profesional han variado según la disponibilidad del material. Este tipo de decisiones les corresponden a ambos señores, y están en su haber.

Obviamente, nadie puede culpar a Illa, ni a absolutamente a nadie, de la existencia del Covid-19, ni de su llegada a España. La enfermedad no es responsabilidad de nadie, pero del cómo y cuándo combatirla sí. Si no eran conscientes de la responsabilidad que entrañaba el puesto, no es culpa ni de periodistas, ni mucho menos, de los ciudadanos; sólo de quienes lo aceptaron. Son ellos quienes debían ser responsables de todo lo que implicaba. Y si no les gustaba, siempre han tenido disponible una salida muy digna, pero que se estila muy poco en este país: la dimisión. Igual hay que recordar que los puestos no son obligatorios, que son voluntarios; te elige otro, pero la decisión de aceptar y permanecer en el cargo es solo personal. Así que no hay excusa. Quien permanece es porque quiere, por lo que debe asumir todo lo que conlleva.

Llegados a este punto, la principal excusa es que no hubo (yo añadiría que sigue sin haberlo) consenso científico frente al Covid-19. Que las incertidumbres mostradas por nuestro Gobierno son las mismas que en otros países. Vamos, que volvemos al mal de muchos consuelo de tontos. Para mí la respuesta está clara, no me cuentes el problema que tengo, cuéntame cómo lo soluciono, y si no sabes no me cuentes milongas, échate a un lado y deja a otro. Porque en sus funciones está saber, anticiparse, proponer… Son ellos los que disponían de los mecanismos y los medios, materiales y humanos, para atajar estas cosas. No puede ser excusa eso de que nadie se lo esperaba, porque precisamente entre sus funciones está esperar cosas como estas. Y claro que se pueden cometer errores (que también se pueden criticar, por qué no), sobre todo en coyunturas como esta, pero las críticas no se han centrado en los errores. La mayor parte, ajenas a intereses políticos o ideológicos, tienen su base en la falta de transparencia. De nada han servido las tropecientas comparecencias diarias, cuando fueron quedando de lado temas como los comités de expertos, sus deliberaciones, las compras de materiales, etc. Aunque poco a poco van saliendo a la luz. Y cuando algo no cuadra, se saca la excusa más manida del nadie lo sabía, nadie pudo preverlo, no han dicho nada diferente al resto de expertos… es decir, ese mal de muchos que suena una y otra vez como un disco rayado.

De manera que los padres nos pasamos toda la vida, de generación en generación, diciéndoles a nuestros hijos que tienen que ser responsables, que no pueden excusarse en los demás de sus propias acciones, que si te da igual lo que haga fulano o mengano…. Y nuestros máximos responsables utilizan las mismas excusas infantiles. Desde luego, da mucho que pensar.  Querer un cargo pero no asumir la responsabilidad plena del mismo.

José
Acerca de José 76 Articles
Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

Sé el primero en comentar

Pon un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*