24 de mayo

Ayer el presidente del Gobierno anunció una batería de medidas que alivian el proceso de desescalada, además de fomentar la recuperación económica, así como procurar mayor protección social a los más desfavorecidos, y parece haber cogido carrerilla, porque hoy suma nuevas medidas de alivio. La gran novedad es que se reducirán los plazos para los cambios de fase. ¡Guau! Parece que los criterios médicos, que parecían recomendar que cada fase durase el tiempo de incubación del virus, esto es, 14 días, ya no merece la pena tenerlos presentes.

El sentido común me indica que eran plazos razonables, pero que sabré yo. Lo importante es lo que recomienden los expertos, lo malo es que eso era precisamente lo que recomendaban: aguantar el tiempo de incubación y ver qué pasaba, si aumentaban los contagios o conteníamos la epidemia. ¿Habrán cambiado de parecer? ¿Se han descubierto nuevos plazos de incubación? ¿Hay nuevas evidencias científicas que recomienden lo contrario? ¿Se han disparado nuestras capacidades asistenciales hasta límites insospechados? No tenemos ni idea, porque de las motivaciones no se comenta nada, salvo la voluntad de acortar el proceso de desescalada todo lo que se pueda. Bueno, la intención no es mala, siempre y cuando esté avalada por las recomendaciones sanitarias. Lo que no tiene sentido es habernos comido dos meses de confinamiento y un montón de recomendaciones que nos están llevando a la histeria higiénica, para ahora pasarnos todo por el forro y convertirnos en campeones de la desescalada. Ni comentar el daño económico que además ha supuesto todo este sacrificio.

Sigue faltando transparencia. Antes por un motivo y ahora por el contrario, pero no se trata de motivos. La transparencia viene determinada por conocer la base de las decisiones, quiénes están detrás de las mismas, sus razones y motivaciones. No descubro la pólvora, sino lo que la propia Ley General de Sanidad establece, pero que vamos, que también el sentido común y la propia idiosincrasia democrática recomienda, transparencia por encima de todo. Porque siendo transparentes entenderemos mejor cualquier medida, incluso se toleran mejor los errores y se obedecen mejor las normas que menos nos gusten. Pero parecemos predestinados a fiarnos de lo que se nos dice, el tener fe, seamos creyentes o no. Y viendo hoy las calles, debe ser que muchos españoles se han inflado de esa fe ciega en que nada malo nos va a pasar, que esto ya está enfilado a la recuperación.

Pues yo prefiero ser más prudente y en vez de aceptar esta especie de Dios proveerá, aplicar una versión particular del ora et labora, aceptando de buen grado los avances acelerados en la desescalada, pero guardando lo más fielmente posible las normas sanitarias como el distanciamiento social, lavado de manos y uso de mascarillas en aquellos lugares donde esté con más gente. Nadie mejor que yo se va a preocupar de mi salud y la de los míos, porque los gobernantes no. Eso desde luego es una lección que podemos aprender con todo lo que ha sucedido en la gestión de esta pandemia.

José
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Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

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