12 de mayo

Alguien me preguntaba cómo es posible que haya gente haciendo botellones, parejas que se juntan a escondidas, grupos de amigos que se reúnen… ¿cómo son tan inconscientes los adolescentes? Lo que de verdad nos deberíamos preguntar es de qué nos extrañamos.

El mensaje generalizado de que el Covid-19 es una enfermedad que ataca a los viejos, así como personas enfermas, ha calado. Ataca a grupos ajenos a los jóvenes, este rollo no tiene nada que ver con ellos. Y si a eso le sumas que un adolescente no razona en los mismos términos que, por ejemplo, a los 30, esa sensación de inmortalidad que se tiene en la juventud les lleva a que muchos no perciban el peligro y se relajen. Algunos, los más maleducados, en demasía.

Tampoco ayuda el impulso innato de cualquier adolescente a desafiar lo establecido, quererse despegar del nido o destacar entre el grupo.  No le quiero quitar hierro al asunto, ni justificar las malas acciones. Hay que recordar que no son generalizadas, pero no podemos olvidar el factor edad y cómo influye en el individuo. ¿Acaso otras enfermedades virales han atemorizado a los adolescentes? Me temo que no. El comportamiento inconsciente ante el peligro es una cualidad en los jóvenes, para bien y para mal.

Corrían los ochenta cuando una enfermedad empezó a arrasar en medio mundo. Al principio no preocupaba a nadie, ya que los afectados por esa extraña enfermedad eran grupos considerados marginales por entonces, fundamentalmente drogadictos y prostitutas, después, homosexuales. Así que  no se le hizo mucho caso. Pero cuando empezaron a caer famosos, ¡uy! Ahí la cosa cambió, especialmente cuando esos famosos eran iconos del cine o de la música. ¿Cómo podía ocurrir? Pues ocurrió que aquella enfermedad, a la que se llamó Sida, se extendió, al igual que el Covid-19, porque no se le prestó atención. La epidemia alcanzó su pico en España unos diez años después de detectarse, en 1994, con casi 200 casos por millón de habitantes. Un año después tendríamos el pico de muertes: casi 6.000 fallecidos. Si bien no fue tan virulento como el Covid-19, el desconocimiento primero, y la inacción, después, permitieron que se convirtiera en una pandemia que aún perdura. En su momento, incluso algunos dirigentes negaron su existencia o le restaron importancia.

No he leído en ningún sitio el paralelismo entre la expansión de ambas enfermedades, pero lo cierto es que la tienen. O, al menos, a mí me lo parece. Y el comportamiento irracional ante el peligro de los adolescentes es exactamente igual. Si bien cabe destacar, que con el Sida te jugabas, literalmente, la vida.

El Sida (acrónimo de síndrome de inmunodeficiencia adquirida) también la provocaba un virus, en este caso el VIH (virus de la inmunodeficiencia humana), y, a diferencia del coronavirus, aquel era tremendamente mortífero. El que se contagiaba tenía muchos boletos de desarrollar la enfermedad, y la mortalidad de la misma estaba casi asegurada, porque tampoco había tratamiento efectivo ni mucho menos vacuna alguna. Y, al igual que ocurre ahora, fueron las medidas profilácticas las que permitieron controlar la pandemia del Sida, porque sí, también es una pandemia, aunque se nos haya olvidado a todos.

Eso fue lo que me ha he hecho reflexionar ¿cómo se me ha podido olvidar algo así? El Sida dura ya más de 30 años, aunque esté muy controlado el virus, pero se sigue monitorizando, sigue habiendo contagios y sigue muriendo gente. Quizás una de las razones es que donde azota el VIH es en el África subsahariana, las zonas más pobres y olvidadas se llevan la peor parte. En cambio, el resto del mundo, sobre todo en los países desarrollados, tenemos muchos medicamentos para controlarla. De esta manera, todavía no podemos curar el Sida, pero sí que se ha convertido en una enfermedad crónica, con una esperanza de vida cercana a la de las personas sanas.

El coronavirus, por el contrario, tiene una tasa de desarrollo de la enfermedad muy baja, o son asintomáticos. La mortalidad tampoco tiene nada que ver con la del Sida, es mucho menor, a pesar del daño que nos ha hecho. Pero su tasa de contagio es muchísimo mayor. Las vías de propagación, obviamente, son muy distintas, y las del coronavirus le hacen especialmente virulento en este sentido. Aunque las comparativas estadísticas habría que cogerlas con pinzas, porque del Covid-19 todavía nos queda mucho que aprender. Por no decir casi todo.

Nos falta tiempo y muchos recursos. Volviendo al caso del Sida, tardamos 20 años y una cantidad ingente de recursos a nivel mundial para conseguir, ya en la década del 2000, controlar la enfermedad e, incluso, llegar a bloquear la capacidad de contagio del VIH. Eso, en los países que nos podemos costear los tratamientos. No digo que con el coronavirus vaya a pasar lo mismo, espero que no, que las tecnologías actuales podamos controlar antes esta pesadilla, pero la base es la misma: tiempo y recursos.

Llegará el día en que se nos vuelva a olvidar que ahí está acechando un puñetero virus, pero nos seguiremos quejando de los adolescentes. Esta vez, por otros motivos.

José
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Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

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