6 de mayo

Hoy ha hecho un día estupendo, por el tiempo, porque lo demás ha sido horroroso. Un montón de reuniones virtuales, webbinars, jornadas digitales y demás variantes que ha impulsado el confinamiento en la era Covid-19. Maldito virus. Antes de la pandemia estas cosas eran una rareza propia de tecnófilos o de los más avezados de la oficina. Eso, y el uso de las multiconferencias para que los abuelos vieran a los nietos. Pero ahora no. Ahora es el pan nuestro de cada día. Más que el pan, la panadería entera. Yo no sé si es que la gente se aburre, no tiene nada productivo que hacer o, simplemente, quieren justificar que hacen mucho desde casa. Pero es que no paran de convocar todo tipo de encuentros online. A mí desde luego me reportan poco y me hacen perder un montón de tiempo. Tiempo que podría aprovechar para cosas más productivas o enriquecedoras. En fin, es lo que hay, y el boom lejos de una moda pasajera, parece que ha llegado para quedarse.

Y cuando tocaba descanso, pongo la tele y ahí estaban, los padres de la patria destrozándose verbalmente para ver si renovaban el estado de alarma. Otra pesadez insufrible que, al igual que todas esas reuniones online, es de poco provecho. El Gobierno, que no veía otra que prolongar, en pro de tener la cobertura legal que les permita actuar como hasta ahora, y gran parte de la oposición, que le espetan que hay alternativas legales. Entre las posturas opuestas, un abanico de matices, tanto entre los que se oponían a las pretensiones del Gobierno, como entre los que las apoyaban. De todos, me quedo con la suave crítica del representante de Teruel Existe, que apoyó al Gobierno, pero matizó que debía utilizar los decretos para combatir la pandemia, no para colar otras cosas (y repasó algunas de esas cosas), porque eso crea desconfianza en la gente y no contribuye a convencer a la oposición de las bondades del estado de alarma. Me llamó la atención porque no le faltaba razón. Si bien creo que el estado de alarma es necesario para tener la cobertura legal necesaria en esta coyuntura, también es verdad que el Gobierno ha hecho un uso inadecuado en algunas cuestiones. Y eso desde el principio, apuntando maneras cuando coló una reforma de la ley que regula el CNI. Algo que a todas luces no aportaba absolutamente nada en la lucha contra el coronavirus.

Pero bueno, en general el debate rondó lo esperado, entre mentiras, quejas, reclamaciones, acusaciones, peticiones, ruegos… y todo el abanico de recursos dialécticos de nuestra clase política. El Gobierno, no sé bien si para convencer u obligar, se tiró toda la semana amenazando a la oposición de que no aprobar el estado de alarma era echar por tierra todo, incluidas las medidas de protección socio económicas. Una cosa que no tendría que ser. Pero lo peor del argumento no es esa dudosa afirmación, sino que estás utilizado de rehén a millones de españoles para conseguir tu objetivo político. Desde luego, como poco inmoral, pero de seguro absurdo. Lo suyo sería entrar en un debate racional y apostar por el diálogo que le reclaman hasta los partidos que le auparon al poder: menos unilateralidad y más acordar.

Aunque las miserias no sólo están en el lado del Ejecutivo, también en la oposición, especialmente PP y Vox, que se lanzan contra el estado de emergencia sin alternativa conocida. Para mí una temeridad tan irracional como lo anterior. ¿A qué juegan? ¿Sólo a derribar al Gobierno? Pues mire, no es el momento de estas cosas, lo primero es lo primero, y se trata de salir de la pandemia. ¡Que todavía no hemos salido, que no se enteran! Los del PP, porque no saben por dónde tirar, y los de Vox, porque tienen tendencia de tirarse al monte, como las cabras.

Nada de hablar de medidas basadas en la eficacia o debatir sobre la propia eficacia de las medias tomadas. Solo un combate político, una dialéctica estéril de incompetentes. A pesar de que el Congreso está en versión reducida, por aquello de poder guardar las distancias, salió todo el repertorio. Hasta aquí, nada nuevo, ni siquiera las ganas de cambiar de canal, sobre todo cuando el locutor anticipa el resultado por los acuerdos entre bambalinas. Ya está, el Gobierno salvaba la situación in extremis, convenciendo a Ciudadanos y PNV. Lo único bueno es que ahora tendrán que compartir antes la toma de decisiones con otros actores. Aunque tampoco es gran consuelo, viendo la talla de los partícipes. Y es que el gran problema que tenemos no es solo haber elegido el peor Gobierno en la peor situación vivida, sino también la peor oposición.

Probablemente contamos con una de las peores clases políticas de nuestra historia. Y esto es decir mucho, porque España tiene mucha historia y muchos insensatos destacados en ella. Pero la degradación institucional que llevamos viviendo, desde hace ya unos añitos, está llegando al culmen con los actuales dirigentes políticos. En el arco parlamentario es muy complicado encontrar gente de altura, de esos que llaman hombres (y mujeres, claro) de estado. Me ahorro calificar lo que de verdad podemos encontrar, lo que sí digo es que son malos con avaricia. Y cuando reflexiono del por qué me doy cuenta de que no solo es falta de miras, sino de formación y de experiencia profesional. Muchos son políticos profesionales, hombres y mujeres del partido que llaman. Que no han pegado un palo al agua, vamos. Además, tampoco tienen una formación adecuada, ni tan siquiera una experiencia profesional que pueda suplir dicha falta de formación. O al menos tener una cualificación o experiencia vital que les permita aportar algo a la vida pública. Como decía un profesor de pretecnología que tuve en tierna edad a los alumnos más lerdos, “están limpios como escoplos”. Eso acaba notándose, claro.

Yo no sé cómo será por ahí, pero en mi caso, los que se metieron en política de mi curso no fueron precisamente los más avezados, los estudiosos o los más laboriosos. Ni siquiera los mañosos, esos que tenían habilidades para todo o veleidades artísticas. No, no, no. Los que acabaron en política de mi generación, de los que compartieron pupitre conmigo, fueron los más lerdos. Los vagos y caraduras son los que optaron por “servir”. Y así se explica lo que vemos días bonitos como hoy.

José
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Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

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