17 de abril

Se va notando cada vez más el cansancio del confinamiento. Tanto que cada vez son más voces las que lo cuestionan o apoyan cualquier suerte de medida flexibilizadora. Quizás es porque vemos con envidia, mucha envidia, a países del norte, donde pueden salir a correr o pasear con los niños. No es que se pida llegar al nivel de Suecia, que están como si la pandemia no fuera con ellos, pero sí que se va demandando con fuerza la posibilidad de salir de casa. El ministro Illa ha dejado claro que de eso nada, al menos hasta que tengan claro que los datos estadísticos no permitan lo contrario. Y la verdad es que no le falta razón al ministro, ya que sin alternativas viables a la vista para controlar esta pandemia, el confinamiento total parece la única herramienta eficaz.

Eso no significa que el confinamiento sea una medida sanitaria por sí misma. Simplemente es el medio más rápido para conseguir parar los contagios masivos, y facilitar que el sistema sanitario sea capaz de absorber la expansión de la pandemia. Parece que lo vamos consiguiendo, por lo que nos dicen las fuentes oficiales. Pero lo parece, nadie se atreve a confirmarlo con rotundidad.

Y aun siendo nuestra principal herramienta de lucha, también es verdad que no es igual para todos. Son medidas pensadas para el ámbito urbano, no para zonas rurales o ampliamente despobladas, donde las medidas de control podrían haber sido mucho más flexibles. Esto es algo que también ha salido a la palestra y también se oyen cada vez más voces que reclaman un desconfinamiento, cuando los datos lo aconsejen, diferenciado. Es decir, que no nos dejen salir a todos al mismo tiempo, sino que empiecen por esas zonas habitadas donde el riesgo de contagio es bajo y el impacto de la pandemia ha sido nulo o escaso. Que sí, que esos pueblos existen. Lugares donde se podría salir a la calle y no encontrarse con nadie, o islotes nacionales habitados donde la escasa población diseminada facilita que se puedan mantener las medidas de distanciamiento social sin necesidad de que haya confinamiento alguno. Esa es la realidad de este tema.

El confinamiento prolongado ha desatado cierta histeria, que se va notando cada vez con mayor fuerza. Algunas las tomábamos a broma, como esa especie de vigilancia vecinal por si se sales a aplaudir a la hora convenida, si participas en las actividades vecinales organizadas, si compras demasiadas veces… en fin una Gestapo vecinal forjada por el aburrimiento que se ha ido extendiendo más allá de nuestros hogares, para instalarse socialmente, y provocando situaciones paradójicas. Paradojas que son excesos sobre la norma libremente interpretada. Así, podemos leer cada día en la prensa de todo, desde un desterrado en Torrevieja por gastar una broma (pesada y de mal gusto, sí, pero broma), multas por pasear por un patio vecinal o expropiaciones de mascarillas a particulares. Aunque en este tipo de situaciones haya intervenido la autoridad competente, lo cierto es que se extralimitan. Incluso el caso del desterrado, que lo ha sido por mandato judicial, expertos juristas ya han comentado en prensa por qué el juez se pasó de frenada. Y es que estas cosas ocurren en virtud del estado de alarma y al amparo de las normas dictadas por el mismo, cuando muchos de los encargados de aplicarlas ni siquiera conocen lo que se ha ordenado. Porque, se están prohibiendo cosas que la norma no está prohibiendo. Más bien responde a la libre interpretación de la norma, siendo más papistas que el Papa. Es como si los tiempos de la Santa Inquisición nos hubieran dejado un regustillo dulzón que nos gusta rememorar. Así justificamos los excesos de celo cuando no están justificados. Cosa distinta es que nos parezca bien o lo más adecuado, pero eso no significa que sea lo que pone la norma y, por tanto, lo que se deba aplicar. Y con esto no digo que algún espabilado no se merezca un guantazo por insolidario, pero de ahí a la histeria colectiva del confinamiento confinado va un trecho.

En fin, igual estas cosas nos las podríamos evitar si las normas fueran más claras. Pero de claridad parece que nuestro Gobierno no entiende. No en vano la falta de transparencia informativa en todos los órdenes en esta pandemia está generando no pocos conflictos y críticas. Precisamente hoy, la ministra portavoz tuvo que dar explicaciones a cuenta de la transparencia, cuando fue interpelada por un periodista por la paralización del portal oficial al efecto. Una herramienta informativa impuesta por ley que, según parece, ahora mismo no merece la pena cumplir. Que si eso, cuando acabe el estado de alarma, ya vuelven a poner en marcha el Portal de Transparencia.

Tranquilos, que la libertad de información puede esperar.

José
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Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

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