31 de marzo

Dos semanas de confinamiento y parece que llevemos meses, esto empieza a ser un soberano coñazo. Me da que hoy no tengo el día, me ha tocado ir a la compra (una vez a la semana toca avituallamiento) y me lleva los demonios no encontrar todas las cosas de la lista. Y eso que he estado el primero, ahí, esperando en la puerta de Alcampo a las nueve de la mañana para entrar de los primeros con la esperanza de que haya de todo. Porque claro, mucho decir que no hay desabastecimiento, pero lo cierto es que en determinados artículos sí que lo hay, porque no hay manera de comprarlos. Otra de esas cosas que jamás se me hubiera ocurrido que escasearían o que estaría como un loco por comprarlas. Cosas tan extrañas como guantes, lejía o alcohol etílico. Ver para creer, una vez más. Y lo malo es que esta pandemia me temo que seguirá sorprendiéndome.

Pero a pesar de todo, debo estar agradecido. Ojalá que las sorpresas sean sólo por cosas como esas. Verme a lo maruja de los ’70, como loca por arrasar en las rebajas de Galerías Preciados (aunque por algo tan poco glamuroso como la lejía Conejo); o intimando con los vecinos a través de las terrazas cuando salimos todos a felicitar al personal que se está batiendo el cobre en primera línea. Me parece todo muy surrealista, pero vamos, lo dicho, mientras conservemos la salud, que solo sea eso.

Dejando a un lado los pormenores del confinamiento, lo cierto es que informativamente vivimos un momento apasionante. Trágico, pero apasionante para los profesionales de la información. Nadie dijo que los momentos más intensos profesionalmente hablando tenían que ser bonitos. Y lo triste es que en el periodismo, las grandes informaciones suelen ser con los peores temas para las personas. Así que aquí estamos, siguiendo a día a día una pandemia que ya se ha llevado por delante más de 8.000 personas en España. Como le digo a mis conocidos, las cifras de infectados no son relevantes, más que nada porque es imposible conocer un dato real. Mientras hoy la cifra oficial llegaba a 94.000, un informe de la prestigiosa Imperial College de Londres estimaba que hay siete millones de infectados por Covid-19 en España. Lo que digo, imposible saber cuál es el dato más certero, aunque hasta las fuentes oficiales reconocen, por razones obvias, que esos 94.000 son todos los que están, pero no están todos los que son. Para eso habría que hacer cientos de miles de test, cosa que aún estamos lejos de poder ejecutar. Nuestra gran tragedia, nos faltan recursos esenciales por todas partes, entre ellos los famosos test rápidos que nos permitirían segregar a la población infectada con mayor facilidad y rapidez. Una acción clave en la lucha contra la pandemia, según muchos expertos internacionales, entre ellos los chinos y coreanos.

Precisamente la falta de material ha llevado al sindicato CSIF a presentar una querella criminal contra el ministro de sanidad, por no surtir a los profesionales sanitarios de las protecciones requeridas. Veremos en que acaba, tiempo habrá, pero me temo que las demandas serán un nuevo ingrediente que se suma a la gresca política en todos los frentes con el trasfondo de la pandemia. Mientras, la famosa curva, cuya tendencia siguen diciendo las fuentes oficiales está cambiando, no termina de torcer en nuestro favor. Un día más, todos los datos contradicen las buenas intenciones.

José
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Diario de una pandemia es el relato de la experiencia informativa durante una pandemia, desde una perspectiva muy personal. Este texto no refleja las opiniones de ViveSaludable ni es un trabajo informativo del medio, solo son las reflexiones y opiniones del autor durante esta situación de emergencia.

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